Pareciera ser que, para algunas parejas, es mucho más
fácil tomar la decisión de separarse que hacer
algo, en conjunto o desde cada uno, para revertir la crisis.
Aquello de “para toda la vida” perdió vigencia
y se convirtió en un mito más de la vida matrimonial.
Se dice que, hoy día, existe un mayor “sinceramiento”
en las parejas frente a su entorno y que no se muestran hipócritamente
frente a la sociedad. Puede ser. No digo que esto esté
mal, ni que nadie deba condenarse a vivir al lado de una persona
que ya no ama. Pero antes de esta instancia, se debe pasar por
otra y agotar todas las posibilidades (sobre todo, si hay hijos
en el medio). Lamentablemente, puedo afirmar que ha decaído
sobremanera la voluntad de fortalecer la pareja a través
de recursos de reparación y afianzamiento.
Es común que las crisis comiencen imperceptiblemente,
y la falta de diálogo es la primera causa de separación.
Cuando la comunicación se establece sólo mediante
el silencio, y la corporalidad del hastío y la desaprobación
ocupan el lugar del diálogo, se inicia el camino de la
rotura.
Se debe estar atento a las señales. Los invito a practicar
algunas pautas que ayudan a mejorar el vínculo y lograr
que la pareja perdure en el tiempo.
- Resolver las crisis desde la adultez y la maduración.
Según la licenciada Silvia Salinas, coautora del libro
Amarse con los ojos abiertos, todo adulto llega con un “niño
herido interno”, que, hasta que no sanamos y recuperamos,
contaminará, en forma inconsciente, el comportamiento
de toda persona adulta, en un intento de no reeditar viejos
dolores. “De este modo, la persona -inconscientemente
y de modos muy diversos- puede rehuir entregarse al amor para
no volver a sufrir”. La mayoría de los conflictos
son producto de las demandas de este niño herido.
- No pedir “peras al olmo”. Es común y hasta
a veces raya en una conducta psicópata reclamar al otro
cosas u acciones que sabemos, de antemano, que no va a dar o
hacer. Es condenarlo y condenarnos al fracaso e instalarse en
una permanente queja. El otro cae en una angustia por no poder
dar lo que se le pide.
- No querer tener siempre el poder. Este deseo se muestra a
través del empleo de conductas manipuladoras y deja al
descubierto la baja autoestima de quien lo emplea. No se ve
al otro como un igual, sino como un rival al que hay que vencer.
Cuanto más se lo desvaloriza, mejor, convirtiéndose,
así, en una relación asimétrica. La pareja
ya no es “pareja”.
- Practicar la asertividad. Respetar y ser respetado es condición
para llevar adelante cualquier tipo de vínculo, ya sea
afectivo o no. Esto únicamente se logra conociendo al
otro y permitiendo que desarrolle su forma de ser, que se exprese
sin represiones ni críticas.
- Ser claro. Cuando necesitas algo o estás herido por
alguna acción del otro, sé preciso y no andes
“con rodeos” para decir lo que necesitas o sientes.
Debes comunicarte lo más claramente posible, si deseas
que el otro modifique una actitud que te incomoda.
- Potenciar lo positivo. Siempre es bueno tener la mirada sobre
“la parte de la copa que está llena”, por
un lado, y, por otro, aprender a diferenciar lo que es anécdota
de un verdadero problema. El buen humor ayuda a desdramatizar
situaciones conflictivas.
- Hacer, cada tanto, un “mea culpa”. Estar ensimismado
en los errores del otro es no querer ver las propias fallas.
Antes que nada, habría que descubrir qué pones
de tu cosecha para que se produzca una crisis. “¿Qué
hice yo para que sucediera esto?” es una buena pregunta
para comenzar a equilibrar las cosas.
- Comunicar siempre. Nada mejor para hacer sentir mal al otro
o incapaz de poder prestar una ayuda es responder “nada”
a la pregunta “¿Te pasa algo?”. También
se puede contestar con una afirmación del tipo sentencia
“Tú sabes lo que me pasa”. Esta clase de
actitudes corta el diálogo y genera decepción
y bronca en los miembros de la pareja. Si algo ocurre, si se
tiene una duda, no hay que callarse.
- Ser sincero. La sinceridad es siempre un factor fundamental
para la construcción de una pareja. Tengamos en cuenta
que la sinceridad absoluta puede ser contraproducente. Conservar
algo íntimo o guardar cierto misterio debe estar presente
a lo largo de todo el vínculo.
- No ser dependiente. Cada uno debe conservar su identidad.
Tomar decisiones propias nutre la autovaloración. Es
tan bueno pensar en las propias necesidades como en las del
otro. Cada integrante debe mantener su espacio y dedicar un
tiempo a hacer aquello que le gusta. Esto alimenta el diálogo,
al compartir la experiencia vivida, y no invalida el realizar
cosas juntos. El hecho de que ambos aporten, desde lo económico,
en el mantenimiento del hogar permite que se estrechen lazos
y que no caiga todo el peso sobre uno de ellos. En algunas parejas,
sólo uno es el que trabaja, entonces el otro debe actuar
como “ministro de economía”. De esa manera,
le demuestra que el sacrificio de salir todos los días
a trabajar tiene mayor sentido, además de acompañarlo
y contenerlo.
Una pareja, algún momento, puede perder el rumbo, deambular
entre altibajos. Las crisis son normales, lo importante es aprender
de ellas. Estar en pareja debe ser una decisión sana.
Requiere un ejercicio cotidiano de voluntad y afecto.
“Es muy difícil entregarse verdaderamente, puede
haber una pareja, puede haber un matrimonio de años y,
sin embargo, puede no haber entrega. Cuando nos entregamos estamos
en carne viva, sentimos intensamente y nos acercamos al más
preciado tesoro: Ser queridos incondicionalmente. Cuando el
amor se da en su plenitud y sentimos que todos nuestros aspectos
son incondicionalmente aceptados entramos en un estado de paz
que nos ayuda a que nosotros mismos aceptemos todas nuestras
partes y podamos experimentar el bienestar de sentirnos finalmente
completos” (Miedo al compromiso en la pareja, de Silvia
Salinas).