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04-11-2009 17:00

Opinion

¿Por qué nos cuesta?
Aceptar la voluntad de Dios
por  Liana Castello

 

Cuando algo nos angustia, preocupa o causa temor, ¿hasta qué punto somos capaces de abandonarnos a la voluntad divina? Cuando nuestra realidad se muestra oscura, ¿hasta qué punto confiamos ciegamente en que Dios nos dará lo que es mejor para nosotros?
Para quienes creemos en Dios, debería ser sencillo ponerse en sus manos cuando padecemos un problema. Sabemos que él nos ayudará y nos mostrará el camino por seguir. Sin embargo, frente a una dificultad seria, sea de salud o de otra índole, no siempre nos resulta simple ofrecérsela. Entregarle nuestra angustia al Señor no significa no tratar de resolver nosotros nuestros conflictos, pero hay ocasiones en las que nada podemos hacer desde nuestro lugar, y es ahí donde la fe debería cobrar mayor fuerza.
No siempre es así y no porque no creamos. Creemos sí, pero nos cuesta descansar en la decisión que Dios tomará por nosotros. El temor es inherente al hombre, pero ¿qué pasa con el miedo frente a la fe? Debería menguar o desaparecer. Nos sabemos hijos de Dios y amados por él. Si, en verdad, así lo entendemos en lo profundo de nuestra alma, ¿tienen lugar el miedo y la angustia?
Dios nos invita a descargar el peso de nuestras preocupaciones en sus buenas y poderosas manos. Siempre está allí, esperando que le brindemos nuestra ofrenda, que, muchas veces, son nuestros problemas. Dios nos escucha y acompaña en los buenos y malos momentos. Sus planes, para con nosotros, nos son desconocidos y hasta solemos no entenderlos, pero están basados en un amor infinito.
Sería muy reconfortante, para nuestra alma angustiada, confiar plenamente en que, si depositamos en Dios nuestra aflicción, él se hará cargo, y lo que suceda, entendible o no para nuestra razón, será, sin dudas, lo mejor.
Cuánto más livianos de equipaje nos sentiríamos, si pudiésemos realmente encomendarnos, sin dudas, sin temores, a las manos de Dios, con la entera seguridad de que todo terminará bien.
Replantearnos nuestra fe, tal vez, sea una manera de hacerla más tangible en la vida cotidiana: ¿Qué tan fuerte es? ¿Puede superar los obstáculos que surjan en nuestras vidas? La fe es mucho más que decir que uno cree y creer que cree, valga el juego de palabras. La verdadera fe se manifiesta siempre y se mantiene incólume y firme, a pesar de los vientos hostiles que atraviesen nuestro horizonte. Tener fe es confiar con todas las letras y en todas las circunstancias.
No es fácil. El temor ante una enfermedad, la angustia de no poder llevar el pan a la mesa, la amenaza de perder un ser querido, son pruebas que nuestra fe debe afrontar.
Ser hijos de Dios es un milagro. El manto con el que nos cubre es majestuoso, pero no siempre lo podemos ver.
Hay quienes que, por sobre todo, confían en Dios y transitan, de una forma muy distinta, los problemas. Son personas que transmiten una paz que sólo una inmensa fe puede infundir. No es que la vida no se les torne adversa por momentos, sino que depositan esa adversidad en las  manos del Señor y aguardan su sabia decisión.
Cuando uno es niño y sufre, lo primero que hace es correr a los brazos de sus padres. Esos brazos “mágicos” curan cualquier herida, las del cuerpo y las del alma. Sería cuestión de recordar a ese niño que una vez fuimos y confiar, como confiábamos en ese entonces, en que nuestro Padre del cielo sanará cualquier herida que la vida nos esté ocasionando.