06-01-2010 00:00

Queremos ser Nación

Reflexiones ante el inicio del Bicentenario
por Germán Díaz
Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social

 

El 2009 llegó a su fin, y el nuevo año 2010 trae consigo esperanza para una renovada construcción de país. El año que se va planteó situaciones difíciles que, quizá manejándolas con diplomacia y creatividad, sean causa de un porvenir mucho mejor. En el 2009, en medio de tantos problemas económicos y desaciertos políticos, la Iglesia ha querido hablar, opinar, dar, en cierto modo, su mirada frente a los hechos que acontecieron. Fue, en estos últimos años, que se ha levantado la voz para denunciar lo que aún falta por hacer o todavía no se ha comenzado.  
Los que critican a la Iglesia, porque “supuestamente” hizo silencio durante la dictadura, ahora se ofenden puesto que se subraya la injusticia y la pobreza que nunca paró de crecer y sigue viva, amenazando con mil males peores. La pobreza, en nuestro país, ya no es un dato menor o una situación pasajera. La voz del Episcopado no se escuchó al estilo “oposición” o partido político, sino como responsable del sufrimiento de muchos de sus hijos.  
El año que termina fue difícil. El 2009, para muchos, no resultó bueno, incluso preferirían que nunca hubiera existido. Es que, en la Argentina, ya son varios los años que nos dejan el sinsabor de la indigencia, de la exclusión, del asalto a la clase media y de la redistribución de bienes a favor de personas que no producen, ni trabajan, solo votan. Hay distintos sectores que no logran encontrar una salida económica. El campo, por ejemplo, no consigue respuestas satisfactorias y, a su vez, ha recibido primero el embate de la sequía y ahora la inundación que corona tres años de pérdidas. Aunque no sea siempre fácil diferenciar el campo, representado por la Sociedad Rural de Palermo, de los pobres colonos del norte de Santa Fe, Chaco, Corrientes y otros lugares.  
Para el empleado público, los tiempos que corren no son los mejores. Tal vez, somos "protestones" e inconformistas los argentinos, pero, de verdad, cuesta conformarse y habituarse a cobrar un sueldo duplicado y triplicado cada año, pero que ya no alcanza para nada. Hay sueldos que se han elevado más de un 200 por ciento, en tres o cuatro años, sin embargo, el poder adquisitivo ha disminuido sensible y espantosamente. La discutida “canasta familiar” solo podría ajustarse al salario de un exitoso profesional o un mediano empresario. Los demás quedan excluidos, “no hay bolsillo que aguante”, se escucha. Eso si hablamos sólo de comestibles, sin pagar alquileres, impuestos y vestimenta. La ilustración de los años ’80, que emulaba una canasta con dos alas, hoy puede volver a ser protagonista de tapas de revistas y diarios.  
La Iglesia, que está en contacto puro con esta realidad, lo ve a diario. Digo “contacto puro”, porque no es contacto de la “dádiva”, “del favor”, “de la comunicación con el puntero”. La Iglesia, al menos, la que yo creo y conozco, no se acerca a los pobres por ningún interés, salvo el de vivir el Evangelio. Como dice un viejo amigo: “Estar con el pobre, es una verdadera elección altruista, porque no tiene nada para devolverte (a no ser el interés eleccionario) y siempre lo tendremos entre nosotros”.  
Volviendo al 2009, hay que reconocer que los obispos no tuvieron pelos en la lengua para denunciar lo que salta a la vista de todos: la pobreza. Aun cuando no figure en los cómputos oficiales, ni tampoco en los soberbios casinos, ni se exhiba en los shopping a los que suelen acudir los poderosos, la pobreza, la exclusión, la  demagogia y el abuso de los necesitados existen.  
La pobreza avergüenza, sonroja, cuestiona, por eso, se quiere tapar con obras públicas de lujo, pero está en cada vuelta de esquina de cualquier barrio argentino.  
También la inseguridad es un tema muy discutible, con el cual convivimos todos los días. No se trata de una atmósfera enrarecida, ni tampoco de una trampa de los opositores. Recientemente fuimos espectadores de “la inseguridad como bandera de protesta”, de los famosos contrarios al gobierno, cuando son ellos los más protegidos y cuidados del país. Se nota que jamás les tocó atravesar una villa a las cinco de la mañana y tomar un colectivo para ir a trabajar, sin guardaespaldas, sin lentes negros, sin limousine. Paradójicamente, aquéllos que cuentan con todas las medidas personales de seguridad son los que se hacen eco porque tiene miedo de que les roben alguna migaja de su preciosa cartera “Gucci”, o les rompan un vidrio de su automóvil “Audi A S 3”.  
El 2009 fue un año duro en muchos aspectos, pero lo más importante es que la lucha por la justicia y la búsqueda de la verdad sigue de pie. No está muerto quien pelea reza el dicho popular. Es cierto que exageramos en varias de las afrentas, porque no es tan cierto que está todo mal ni tampoco que todo está excelente desde el 2003. En un país como el nuestro, que se prepara para iniciar los festejos del bicentenario como Nación libre e independiente, se debería apuntar más que al ataque de opositores y oficialistas a la construcción de un modelo de patria. Esto se puede lograr, si cada político se vacía de la vanidad y la avaricia, y cada argentino deja, de una vez por todas, de ser habitante para ser ciudadano.  
El 2010 tiene que ser una oportunidad para abandonar las rencillas políticas y empezar a edificar un país mejor; para acercar opciones y proyectos, olvidar las miradas ideologizadas y los emprendimientos personales. Es momento para superar la pelea con la historia y consolidar la historia. Es hora de llenar de contenido la vida de los hombres y mujeres, haciendo a un lado los celos, la ostentación y la hipocresía. Es tiempo para mirarnos a nosotros mismos sin querer imitar a  nadie y, menos aún, a aquellos que rotundamente han fracasado por la ceguera autoritaria y el impúdico desprecio hacia el que aparece como distinto.  
Es tiempo de reconciliar. Podemos vivir con el diferente, podemos elegir algo desde la diversidad, debemos volver a los valores, a la cultura de país y sus ideales que un día olvidamos. Debemos superar la niñez y la pugna entre unitarios y federales, gorilas y terroristas, radicales y peronistas. Debemos encontrar los puntos en común. Es tiempo de optar por la comunión. Basta de oficialismo y oposición, podemos pensar.