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21-12-2009 11:00

Navidad

Otra oportunidad que Dios nos da
por Liana Castello

 

Simple, aparentemente frágil, despojado de lujo, pequeño e inmenso a la vez. Así, eligió Dios llegar hasta nosotros. Pudo haberlo hecho de todos los modos posibles, en forma grandilocuente, fastuosa, por ejemplo. Sin embargo, optó por un escenario modesto, un niño y un pesebre. No hubo fuegos artificiales, sólo un lucero, seguramente, una luna hermosa y otras estrellas. No se escucharon trompetas, sino el sonido de la brisa y el balar de alguna oveja. No aplaudió nadie, pero el mundo cambió para siempre, a partir de ese momento.
De manera simple y humilde, se presentó Dios hombre a nuestras vidas. Un milagro que se repite, una y otra vez, cada 25 de diciembre y que, si estamos dispuestos a escucharlo, tiene mucho para decirnos.
Ese niño, envuelto en pobres pañales y recostado sobre paja, vuelve, todos los años, para que renovemos, junto a él, nuestra simpleza y humildad de corazón. La Navidad es un momento que Dios nos brinda para el recogimiento, para recuperar lo esencial, para alejarnos de lo vano y regresar al modesto pesebre y al inocente niño que viven dentro de cada uno de nosotros; para replantearnos nuestra fe y hacerla más fuerte. Alimentarla, enriquecerla, porque ella, como ese niño, necesita crecer y resplandecer donde quiera que estemos.
La Navidad nos remite al primer contacto con Dios hecho hombre, y este contacto que se renueva, año a año, nos debería ayudar a reencontrarnos con nuestra esencia de hombres y mujeres, y, por sobre todas las cosas, de cristianos.
Jesús no estaba solo en la sobriedad de ese escenario. Estaba acompañado de su madre y del padre que Dios había elegido para él en la tierra, rodeado de un amor desbordante y maravilloso. Esto nos recuerda que nosotros no estamos solos en la Navidad, ya que el Señor nos invita a estar con los que amamos, a acercarnos a aquellos de quienes nos hemos distanciado y a acordarnos del que está solo e integrarlo en nuestra mesa. Es un día para la unión y el reencuentro.
En esa noche única, un lucero alumbraba seguramente con su mejor brillo, el mismo que luego guió a los Reyes Magos y que ahora nos ilumina a nosotros, en esta Navidad. El Señor siempre tiende su mano, será cuestión de acomodar nuestra vista    -tal vez cansada- para encontrar la luz que esa estrella nos ofrece para que nuestra vida vuelva a brillar.
Los Reyes, que buscaban al niño Dios recién nacido, transportaban presentes especialmente elegidos. Ésta es una ocasión para ofrendar, a los nuestros, lo mejor que tengamos, aquello que, sin duda, no se envuelve, ni necesita moño. Entreguémosle, a ese niño que vino desprovisto de pompa y lujo, nuestro sincero  propósito de transitar junto a él un nuevo año.
Dejemos en su cunita nuestras mejores intenciones, permitamos que el lucero alumbre nuestra alma también. Sepamos ver, en esta nueva Navidad, que nos está esperando, una gran oportunidad: que nuestra fe crezca, como creció ese niño humilde, sencillo, inmenso, único.