La llegada
de la “Gripe A” a nuestro país, ya con casos
fatales, y cuando aún no hemos entrado “de lleno”
en el pico del brote estacional de enfermedades respiratorias,
hace saltar a escena, una vez más, la falta de políticas
en salud pública.
Si bien es cierto
que el mundo enfrenta un tremendo colapso, a medida que, con
mayor frecuencia, se manifiestan rebrotes de enfermedades infecciosas
y se originan otras nuevas, se plantean también los interrogantes.
En los últimos
20 años, han aparecido, en todo el planeta, por lo menos
30 enfermedades nuevas, como el SIDA, el ébola, varios
tipos de hepatitis y otros virus mortales, mientras que van
resurgiendo antiguas enfermedades infecciosas como la tuberculosis,
el cólera, la malaria y la difteria.
Se podrá escuchar
que esto se debe a que “se ha producido” la ruptura
de un equilibrio “natural”, que periódicamente
emergen nuevas cepas a las que no estamos inmunizados, por lo
tanto, es inevitable su difusión y el costo en vidas
humanas. Se asegura que las pandemias de gripe son cíclicas
(se repiten cada 15 o 20 años), y esta cadencia se interpreta
como un fenómeno “ecológico”. Rescato,
en este punto, la opinión de un médico salubrista,
Javier Segura del Pozo, que analiza los peligros de “reducir”
la aparición de las pandemias de gripe a una cuestión
natural, irreversible, “ecológica”.
Coincidiendo con
el profesional, “el insertarlas en el orden de lo natural,
de lo inevitable, nos lleva a tomar posturas pasivas (dejar
que “pase el chaparrón”) y a confiar en que
nuestros gobernantes, sin cambiar las reglas del juego (del
juego del sistema social, económico, político
llamado capitalismo), consigan erigir nuevas barreras, nuevos
muros, nuevas fronteras, contratar nuevos vigilantes, para protegernos
del ataque; que al parecer siempre es externo, pues se origina
más allá de nuestras fronteras”.
Es terrible esta
aceptación de lo inevitable. La desmovilización
que genera es inmediata, sólo nos queda esperar a que
nos salven las vacunas. Mientras tanto, en el mundo, las opciones
son los barbijos, cuarentenas y recuento de casos. Con la inestimable
ayuda de la salud pública.
Así nos encuentra
hoy, en la Argentina, un nuevo brote epidemiológico.
En el verano, cuando se desató el incremento de casos
de dengue, nos halló “rogando” que pase la
época estival para que cese la enfermedad. Ahora, estamos
“pidiendo” que el frío no sea tan crudo para
que la prevalencia de la gripe (no sólo la A, sino en
todas sus manifestaciones), no provoque más complicaciones
y saldos fatales, que los que todos los años sufrimos.
Con la enfermedad
ya instalada en nuestras tierras, las preocupaciones se centran
en las estrategias de contención, de vigilancia, de colocar
“cortafuegos” (en el caso de la gripe A, con controles
en aeropuertos –en el comienzo de la enfermedad–
y hoy con el cierre de escuelas –que ya se ha dicho, no
es efectivo), de minimización de daños y de introducción
de leyes, normativas, consensos para aumentar la regulación
colectiva. No hay espacio, gran problema en los países
pobres, para el diseño de políticas de gestión
pública, a largo plazo. Ya no hay tiempo.
Vemos que, por estos
días, se han “ensayado” algunas estrategias
de prevención, las que se despliegan en distintos ámbitos,
incluido el escolar. Pero son superficiales y no se mantienen
en el tiempo, lo cual no asegura su eficacia, sino sólo
para la contingencia actual.
En definitiva, otra
vez pasa a segundo plano la discusión de la pobreza,
de la profundización en las desigualdades y la vulnerabilidad
social. Esto que es lo que hay que atacar, lo que nunca se termina
de hacer, con políticas públicas sostenidas en
el tiempo. Lo demás es conocido: falta de acceso a la
red de agua potable y cloacas, trabajo precario, privación
de vivienda digna; las comunidades que necesitan más
servicios preventivos carecen de ellos, la vacunación
no llega a todos los sectores, los servicios ofertados no siempre
se corresponden con las necesidades.
¿Seguirá
siempre así? Nuevamente otra excusa para no hacer, para
aplazar, para el después vemos…